En los límites meridionales de El Torcal cae a plomo un cantil rocoso de lisas paredes rojas, el Tajo del Espejo. De pronto una gran sombra se proyecta avanzando sobre la vertical superficie. Por unos segundos un descomunal cuerpo alado ha eclipsado la luz del disco solar. La enorme carroñera planea impasible, mientras proyecta su mirada penetrante sobre el atónito observador, que no sale de su asombro ante la colosal silueta que le sobrevuela.

La red invisible
No va sola. Forma parte de un equipo de rastreadores, una escuadra de oscuras planeadoras que forman una red invisible. Avanzan desplazándose por los cielos de nuestra sierra. Son los buitres leonados (Gyps fulvus), que escudriñan desde el aire cada rincón del áspero relieve montañoso en busca de cadáveres: el de alguna desgraciada borrega despeñada por un traspié desde los riscos; o el del jabalí herido en alguna de las cacerías que, de cuando en cuando, se autorizan en el entorno de El Torcal: tal vez quedó herido por un disparo certero, huyendo a la espesura del matorral, para finalizar sus últimos días agonizando desangrado.
No lo parece, pero cada buitre que planea en las alturas está en contacto visual con los que vuelan a un lado y otro, así como el de cabeza y el de cola. En esa malla laxa de prospectores del cielo, uno de ellos acaba de detectar lo que venían buscando. Inicia las maniobras de descenso. Bajada que no pasa desapercibida por los congéneres, que imitan la operación. Irá extendiéndose la señal de uno a otro, hasta llegar a los buitres que volaban a kilómetros de distancia. Tornarán en acusado embudo, descendiendo como un tornado cuyo ojo se clavase sobre aquel cuerpo inerte que yace al fondo de las rocas.
Atraídos por el reclamo de la muerte van posándose uno a uno, lúgubres. En varios minutos se han congregando varios cientos de hambrientos corpachones en torno al montón de carne en descomposición. No es tiempo para ascos.

Una dieta venenosa
Y es que el misterio de esta rapaz tan especializada radica en su capacidad para procesar lo que para otros animales resultaría veneno puro. La descomposición de la carne genera una serie de bacterias y microorganismos que infectarían las tripas de cualquier animal «normal». Los jugos gástricos del estómago de los buitres son altamente ácidos, y logran neutralizar patógenos tan peligrosos como el ántrax, el botulismo o el cólera.
Su sistema digestivo, a prueba de bombas, es un completo ecosistema poblado de una rica microbiota intestinal que actúa como un bunker en una guerra contra las infecciones. Cualquier mamífero se iría al otro barrio en varias horas tras la ingesta de tamaño cóctel mortal.
Una vista penetrante
Su visión es otro milagro natural. En ocasiones, desde los cielos de El Torcal, a varios kilómetros de altura sobre el macizo, detectan incluso hasta el cadáver de un minúsculo ratón. Así de penetrante es su acusada vista. Superpoderes que heredó el leonado tras milenos de evolutiva adaptación.

Devoradores insaciables
Hasta los tres o cuatro de kilos de carne pueden ingerir de una tacada. Esto les hincha el estómago, llegando a veces a impedirles el despegue. En ocasiones, ante la presencia de algún peligro en las inmediaciones, se les ha observado una conducta la mar de peculiar: necesitando reducir lastre para huir con rapidez, comenzaron a vomitar. Vomitaron y vomitaron hasta lograr reducir peso suficiente, lo que les permitió echar a volar y desaparecer del lugar ipso facto.

Hará unos quince minutos que llegaron varias decenas de buitres al escenario del festín, el cadáver de una rolliza oveja… y, sorprendentemente, ya la tienen limpia, la han dejado en los huesos. En otros casos, cuando de una vaca o caballo se trata, de piel más dura y difícil de perforar, y con una mayor voluminosidad, ha sido suficiente una hora para que el tropel de hambrientas necrófagas acabase con toda la carne blanda del animal, un record sorprendente.

Acabado el festín, algunos de los comensales han abierto las alas. Posados sobre el suelo junto a los restos, con esas enormes alas que abarcan hasta los dos metros ochenta de envergadura, resultan verdaderamente siniestras. La razón de tan sorprendente despliegue corporal es muy interesante: su plumaje quedó impregnado con las bacterias de la carne descompuesta, y los rayos ultravioletas procedentes del sol van a lograr acabar con ellas. Es más, el calor solar secará la sangre y los líquidos con que se mancharon, dando lugar a costras que, más tarde, eliminará el animal al acicalarse pulcramente con su pico ganchudo.
Estrategias para una vida extrema
Pero no acaba aquí la suerte de ingeniosas estrategias de supervivencia de estas asombrosas rapaces. Las observaremos en ocasiones excretando sobre sus propias patas, en blancos chorreones que bajan deslizándose; son orina y excrementos que se expulsan juntos, todo en uno, a través de la cloaca. El componente pastoso de la orina refrescará la sangre que circula por los vasos sanguíneos bajo la piel de las extremidades, todo un alivio en los tórridos días de calor, cuando sus cuerpos podrían sobrecalentarse peligrosamente. Asimismo, el ácido gástrico de los excrementos desinfectarán las patas, pues miles de bacterias pululan también por ellas tras haberse posado sobre los cuerpos putrefactos que les sirvieron de alimento, aquel alimento que constituyó el banquete de la muerte.
Articulo de Francisco Javier Rodríguez Rodríguez
Fotos de Antonio Miranda y Juan «Kikón»